Fobias, agobios y miedos en la vida del caballo de ocio

Los caballos pueden sufrir claustrofobia en todos los espacios estrechos: en el remolque, en el establo e incluso debajo de la silla de montar. ¿Cómo puede el hombre ayudar a su caballo?

¿Alguna vez te has parado a pensar qué siente tu caballo cuando le obligamos a pasar por espacios apretados, estrechos? Seguramente lo sabrás, porque habrás padecido las consecuencias de su incomodidad.

“SOCORRO, ESTOY ATADO Y NO PUEDO HUIR”

Fuera, en el campo, hay buena visibilidad y espacio abierto. No obstante, la vida de los caballos de ocio se desarrolla muchas veces como en un ascensor: encerrados en un espacio relativamente pequeño y con un campo visual limitado. No es de  extrañar que muchos caballos sientan miedo o se angustien con todo lo que les aprieta. Pesebres estrechos, compartir un pequeño espacio con demasiados caballos, cuando los atamos para limpiarlos o también al apretarles la cincha. Incluso en el momento de montarlos pueden sentirse agobiados por las riendas auxiliares, las vallas de las pistas o por los que vienen en dirección contraria.

Analizamos a qué se debe esto y por qué los caballos de sangre fría no se agobian tanto. Los expertos nos explican cómo los caballos pueden superar sus miedos con un buen entrenamiento.

“AQUÍ DENTRO NO HAY SUFICIENTE ESPACIO PARA MÍ”

Claustrofobia: entre la intranquilidad y el pánico

Todos estos temores tienen un elemento en común: se manifiestan a causa de la claustrofobia, el miedo a los espacios estrechos, en el sentido de estar atrapado. La palabra claustrofobia está formada por los vocablos: claustrum (del latín cerrojo o cerrado) y phobos (del griego fobia, miedo irracional hacia alguna cosa).

“En el caso de los caballos, la claustrofobia está categorizada como un trastorno de ansiedad”, dice Marlitt Wendt, bióloga de comportamiento de Großhansdorf (Schleswig-Holstein, Alemania). Por su naturaleza, los caballos tienen miedo en espacios cerrados, además temen cuando se les detiene, cuando no pueden moverse libremente. Este miedo se manifiesta de maneras muy diferentes: desde una intranquilidad ligera, pasando por un estrés masivo, hasta un ataque de pánico incontrolado.

El motivo es fácilmente explicable por su origen como animales de huida. Los caballos, como todos los herbívoros, eran animales de presa y en el transcurso de la evolución se especializaron como buenos corredores. Con los sentidos siempre alerta y con un buen olfato evitaban a los animales carnívoros, salvando así sus vidas. Estos instintos se mantienen todavía en nuestros caballos de ocio, por esto sienten las situaciones de aprieto como una amenaza, sobre todo porque la huida es su mejor estrategia para evitar peligros. Si no pueden huir, se estresan.

Normalmente la intensidad de esta claustrofobia en los caballos está ligada a la raza. “Las razas que tenían su hábitat en las praderas o la estepa, como los árabes o los Akhal Teke llevan especialmente mal el hecho de estar encerrados”, dice Marlitt Wendt. Están acostumbrados a mucho espacio y reducen su estrés preferiblemente a través del movimiento, entrando en pánico si se les impide moverse.

En cambio, las razas que se han desarrollado en regiones montañosas y frías aceptan mejor el ambiente de los espacios cerrados. En las cuestas no hay lugar para la claustrofobia, cuando la manada tiene que bajar con seguridad y cuando hace un frío glacial, es la proximidad de los compañeros lo que calienta.

 

“DE AQUÍ SOLO SE SALE HACIA ATRÁS”

Los científicos hablan de la distancia individual o espacio vital del caballo. Se trata de la distancia mínima hacia los congéneres que el caballo necesita para sentirse a gusto.

Julia Thut, instructora y experta en combates a caballo de Hamburgo, tiene más explicaciones: “Las razas equinas que antiguamente se empleaban como caballos de batalla no podían temer a la confrontación; tenían incluso que chocar. Algunas razas de sangre fría como los frisones, por ejemplo, tienen menos necesidad de distancia”. Caballos como éstos sufren pocas veces de claustrofobia y en caso de miedo son más propensos a la inmovilidad que a la huida. En cambio también se pegan más a las personas y tienen que aprender a mantener la distancia mediante una educación consecuente.

El espacio vital también es muchas veces motivo de estrés en los pupilajes con razas mezcladas. Mientras los ponis y las razas de sangre fría tienden a pegarse el uno al otro, las razas de sangre caliente o también los caballos cruzados prefieren mantener un poco más de distancia con los otros caballos. “Conozco cuadras donde diez caballos del tipo “freiberger” viven en armonía en un espacio muy estrecho”, dice Julia Thut, originaria de Suiza. “Los P.R.Á. allí se hubieran estresado rápidamente”.

La claustrofobia también se desarrolla con el trato del día a día. Simplemente atándolos ya les puede dar miedo a los caballos, si no se les ha acostumbrado poco a poco desde pequeño, o si han tenido alguna mala experiencia. Los caballos no están cómodos con la sensación de no poder huir. “Durante el aprendizaje, confórmate con unos pocos segundos de tranquilidad del caballo cuando está atado”, dice Julia Thut. A menudo ella se encuentra con caballos que tienen miedo a estar atados. “Normalmente sólo coloco la cuerda alrededor del palo de atar, para poder así soltar fácilmente al caballo”. A los caballos que les gusta moverse, les deja un rato de libertad y luego les “endulza” el tiempo que están atados con un saco de heno. Masticar les tranquiliza y distrae.

El acto de ensillar puede ser otro momento puntual de claustrofobia, que se manifiesta en el denominado trastorno de ansiedad a la hora de ensillar. Algunos caballos incluso se tiran al suelo por el miedo que tienen.

La claustrofobia también se puede presentar allí donde menos se la espera, mientras estamos montando. Algunos caballos entran en pánico en una congestionada pista cubierta, sobre todo cuando están atrapados entre la valla y otro caballo. El caballo de Julia Thut, un cruzado árabe llamado “Belleza” se siente encerrado incluso cuando está solo parando al lado de la valla. Las riendas auxiliares y el montar con hiperflexión también afectan a caballos claustrofóbicos. A veces incluso puede acabar con la muerte, como en el caso del poni “Karioka”. Su entrenador le puso las riendas de atar tan apretadas, que la yegua se levantó de manos, cayó hacia atrás y murió de un golpe en la cabeza.

 

“LA VALLA ME DA MIEDO”

Un entrenamiento individual puede resolver muchos miedos

Cualquier caballo puede desarrollar claustrofobia. Y cuanto más tiempo persiste el miedo, más fuerte se manifiesta y más difícil es el proceso de resolución. “No existen recetas generales”, dice Marlitt Wendt. La claustrofobia innata, como el miedo de estar en el remolque, se puede resolver con entreno individual. Los expertos en conducta lo llaman desensibilización sistemática con condicionamiento contrario“Aquí es importante que en primer lugar el caballo se encuentre en su zona confort”, dice Marlitt Wendt. En cuanto se acerque al estímulo que le produce el miedo se le elogia o acaricia y vamos aumentando el nivel de dificultad poco a poco. Las técnicas relajantes, como por ejemplo el método Tellington, pueden apoyar bien este entreno.

Los miedos claustrofóbicos de algunos caballos están cargados de experiencias traumáticas. Pueden ser accidentes con el remolque o experiencias drásticas negativas en el lugar de la limpieza. En estos casos normalmente ya no ayuda el entreno, el caballo necesita una terapia con un experto en conducta. Éste lleva al caballo paso a paso hacia los temidos lugares estrechos. A veces medicamentos ansiolíticos o hierbas tranquilizantes pueden respaldar la terapia de la conducta.

Los jinetes no pueden ofrecer a sus caballos ninguna pradera para que vuelvan a estar libres, pero pueden actuar de manera previsora y fiable en el trato con su caballo y sacarles así del aprieto.

 

MIEDO AL TRÁFICO EN CONTRA

“Mi caballo joven, “Sam”, desarrolló una claustrofobia fuerte cuando le venía un caballo al galope rápido en contra. Una vez incluso hizo un giro de 180º de tal manera que todos los jinetes de Western me tenían envidia. Le tuve que acostumbrar con mucho cuidado al tráfico en contra. Primero montar al paso uno al lado del otro y después poco a poco y con gran distancia en contra. Cuando esto funcionó, redujimos la distancia y lo intentamos al trote y al galope. Con el tiempo y mucha paciencia, “Sam” se ha vuelto más sereno”. (Lisa Rädlein)

 

LAS RIENDAS AUXILIARES COARTAN

“Mi poni “Mira” ya tenía 18 años cuando me hice cargo de ella. Tenía muchos miedos y se ha liberado de muchos de ellos, pero con las riendas auxiliares todavía se siente en aprietos. Se queda parada, levanta el cuello y abre la boca de manera extrema. Se le ve el blanco del ojo y a la más mínima presión pone marcha atrás y se levanta de manos. Como tenía que llevar. las riendas auxiliares tan sueltas, ya no hacían ningún efecto, así que renuncié directamente a ellas y le doy cuerda en plan relajado con la cabezada. Esto me funciona perfectamente”. (Caroline Schaeffer)

 

ACCESO DEMASIADO ESTRECHO

“Mi caballo compartido “Coco” se mudó con otra yegua a una cuadra abierta con un paddock grande y con acceso a un corral. Pero se volvió muy nervioso, el acceso al corral le resultaba demasiado estrecho. “Coco” entró en pánico y se cayó, con lo que siempre evitaba el corral. Ahora se encuentra en un box exterior doble, desde donde puede observar toda la hípica. Por aquí tienen que pasar todos los que entran a la finca y eso le gusta. Está tranquilo, parece sentirse seguro y a gusto. Y al corral va diariamente igual que antes”. (Regina Kühr)

 

FUENTE: www.ecuestre.es